Post 17

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Cuando el tiempo lo permite, observo el cielo nocturno con un pequeño telescopio que tengo en casa. Me pongo a navegar entre las estrellas visibles, con la esperanza de encontrar un oasis de claridad entre tanta tiniebla. La visita inesperada de cualquier extraño y brillante objeto celestial alienta mi ánimo.

Tras observar entre bastidores el firmamento, me voy a la cama con la sensación de haber vuelto a casa con la mitad del cielo entre mis manos, una mitad de una belleza incalculable que actúa como un imán, atrayendo los buenos sueños y separando mis miedos de los movimientos del cielo. Esa belleza atractiva, fascinante y seductora extiende su efecto a través del espacio aparentemente vacío, cautivando las almas sin necesidad de tocarlas. Y es que hay cosas en la vida, que como el viento, no se ven ni se tocan, pero se sienten.

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