Post 16

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Me conmueve la fragilidad que despliega la flor de esa campanilla, una planta que crece en los prados alpinos pedregosos; y al mismo tiempo, admiro su valentía porque me doy cuenta de que tan solo bastaría una ráfaga de viento para destruirla, por esa razón decidió florecer en los meses cálidos de junio a septiembre.

Cuando acaba el verano y queda atrás el tiempo de dormir a la intemperie, bajo un cielo estrellado que invita a perderse en sueños, la flor muere, y lo que queda de la planta yace escondido a ras de suelo, protegido por la tierra y la hojarasca, hasta que vuelve la primavera y despierta renovada: la misma planta, pero con otra flor que sale de su yema.

La vida es un ciclo, y lo es desde que era ciega y no podía distinguir entre el día y la noche. Ahora que somos capaces de aprovechar la luz del Sol y descifrar los secretos del universo, podemos ver que al igual que la flor de esa campanilla, nosotros también nos vamos renovando a medida que pasan lo años…, vamos cambiando, moviéndonos en círculos concéntricos de diámetros cada vez más amplios. En este movimiento circular se hace inevitable navegar por los mismos mares y atracar en los mismos puertos. Y de vez en cuando, en algún muelle recuperamos parte de nuestro pasado anclado y que ahora se nos presenta transmutado en un presente que conserva, en su esencia, la misma pasión, frescura e ilusión. Aunque la locura nos invite a perder la noción del tiempo, hoy ya es mañana y el horizonte se percibe con más lucidez y calma.

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