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Nunca he sido muy diestra ni dibujando ni pintando, soy incapaz de plasmar en un papel lo que ven mis ojos, ni siquiera ayudándome de una hoja cuadriculada. Sin embargo, una tarde no quise darme por vencida y liberé mi potencial creativo, decantándome por la vertiente abstracta. Mezclé un poco del contenido de varios botes de pintura de diferentes colores en un lienzo en blanco; luego junté los extremos de la tela y la aplasté entre mis manos; le di unas friegas y un par de vueltas y, al desplegarla, voilà! Obtuve mi primera obra de arte. Sin proponérmelo, había pintado una ventana abierta por la que entraba una especie de lengüeta con forma de arco iris amorfo. Todavía la sigo mirando maravillada, preguntándome cómo de un acto no premeditado y tan espontáneo surgió algo con sentido.

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