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Me gusta ver caer las gotas de lluvia. Cuando puedo me entretengo a observar cómo resbalan por el cristal de la ventana. Una gota de agua aterriza en el cristal y permanece inmóvil; de repente, cobra vida y empieza a moverse. Al principio, el movimiento de la solitaria gota es torpe, dibuja una confusa trayectoria difícil de predecir, pero luego se junta con otras gotas, formando un pequeño río, y su comportamiento se hace totalmente previsible, el hilo de agua resbala y se precipita contra el pavimento de la calle. Intento dibujar con el dedo la trayectoria de varias gotas, buscando un patrón para predecir su comportamiento hasta toparse con el resto de las gotas y formar el pequeño río, pero es imposible. En ocasiones, centrarse en el caos individual no nos lleva a ningún lugar, en cambio, observar el conjunto sí.

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